
Pensé que lo mejor fue que no hubo dolor.
¿Hubo un ruido? ¿O solo me pareció?
No soy de los que piensan que la noche se hizo para dormir, más bien soy un tipo alunado y estrellado que se acuesta a cualquier hora. Y dentro de esas realidades de vigilia nocturna, hay veces en las que todo parece un sueño…
La fatalidad. Venía escapando de una banda de delincuentes junto con otras dos personas y en un momento nos separamos los tres. En estas circunstancias, los por qués no existen, o no importan. Y tan mala fue mi fortuna que me encontré con...¡¡¡ la policía!!! Obviamente un gordo con gorra y bigotes (esa debería ser la imagen impresa en el escudo de la policía, junto a una porción de pizza, imagen mundial) me apunta con la 9 confundida. Forcejeamos, le saco la 9, lo mato de 3 corchazos, hiero a otro, y me quedo sin balas. ¡Se venían como 500 y yo sin balas! Cinematográfico, me encuentro rodeado de policías en una especie de descampado. Todos estábamos pendientes de las expectativas del movimiento, de la acción.
Todos me apuntaban y nadie se atrevía a dispararme. Dentro de ese laberinto de sensaciones mortales, una mujer policía me miró con sus ojos en tono de miedo. Mi mirada le transmitió un pensamiento. Me apuntaba con su nueve fatal. “En cana no voy ni en pedo”. Me gustó comprender ese instante de saber que yo no estaba hecho para la tumba. Me gustó que su sensibilidad femenina comprendiera lo mismo. Entre el olor a cerdo de uniforme azul, mi respiración agitaba los tiempos. La sangre, era un magma torrencial. Creo que sentí miedo.
Tirado en el suelo, pude ver las últimas imágenes ensangrentadas de mi alrededor. Pude percibir de una manera mágica aquellas sensaciones que uno sabe que son únicas en la vida, o en la muerte. Que me iba, que me quedaba sin aire. Sentí la pesadez de la muerte. Sentía la voracidad de lo inerte. Todo el aire del mundo que no me alcanzaba.
Un fuego latió en mi corazón, y ardió repentino y expresivo y fugaz también, y me hizo recordar a mis seres queridos, a mis cosas queridas, cosas vividas que ya no iban a ser más... imaginé el destello de una calavera delirante. La profundidad de todos los tiempos en sus cuencos.
Y ya no había miedo ni desesperación. Sentí cómo todo lo que llamamos vida me abandonaba lentamente y que yo no podía hacer nada al respecto. ¿Duró todo un instante? ¿O solo me pareció?
Es ya de día. Se mezcla el sol, la gente como bólidos en las calles, el tren en la estación Ramos Mejía, que me espera mientras me agita un “¡Vamos M! ¡Apurate!” Y no puedo evitar esa sensación que me hace sentir que cualquier momento puedo volver a despertarme sobresaltado.
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